Entregar nuestros cuerpos

Entregar nuestros cuerpos

Entregar nuestros cuerpos

Recuerdo que hace unos años, en una Navidad, mi suegra me regaló un cargador portátil para mi teléfono. Para ser honesto, me sentí agradecido, pero no pensé que lo necesitaría mucho, ya que tenía acceso a un cargador en la oficina y en el automóvil. Con el paso del tiempo, comencé a viajar más y pronto me di cuenta de que mi nuevo ritmo de vida no me permitiría depender de cargar mi teléfono como lo hacía antes. Lamentablemente, me tarde un tiempo en considerar llevar el cargador conmigo, sin embargo, después de quedarme sin batería en varias ocasiones, finalmente comprendí lo valioso que era ese regalo. Después de un año, le dije a mi suegra: «¡Este es el mejor regalo de todos!».

Dios nos dio el descanso como un regalo, pero creo que muchos de nosotros lo vemos de la misma forma que yo veía mi cargador. Lo apreciamos y entendemos su valor en teoría, pero a menudo no percibimos lo necesario que es hasta que es demasiado tarde. Dios nos dio el descanso porque comprende que lo necesitamos. Él es el Creador de la vida misma, lo que significa que conoce lo que necesitamos como seres humanos (cuerpo, mente y alma), y no trata de restringirnos, sino de ayudarnos. En el Antiguo Testamento leemos que Dios ordenó guardar el día de reposo (véase Éxodo 20:8-11). Era algo tan importante para Dios que lo incluyó en los mandamientos. Si bien sabemos que Jesús representa el cumplimiento de la ley del Antiguo Testamento, eso no significa que ya no tenga ningún beneficio guardar el día de reposo (puede llamarlo día de descanso, si lo prefiere). Dios diseñó el descanso como parte de su creación y sigue deseándolo para nosotros hoy, no para que cumplamos con un requisito religioso, sino para que podamos tener el descanso que necesitamos para ser la versión más saludable de nosotros mismos. 

Vivimos en una época en la que nuestra cultura suele exaltar el agotamiento, la productividad y superar nuestros propios límites y nuestros cuerpos pagan las consecuencias de ello. Estoy lejos de ser perfecto en este aspecto, y he pagado las consecuencias más veces de las que quisiera admitir. Soy una persona motivada a la que le encanta sobresalir y alcanzar las metas que me he fijado, pero me he dado cuenta de que existen formas saludables y formas no saludables de hacerlo. No hay nada malo en trabajar duro y aspirar a grandes logros, pero cuando eso ocurre a expensas de tu bienestar, se convierte en un problema. A menudo, cuando aconsejo a alguien que gestiona su agenda de manera poco saludable, se apresura a decirme que la razón por la que está tan ocupado es que está tratando de proveer para sí mismo y para su familia. Aunque no están equivocados, creo que se trata de una cuestión mucho más profunda.

El Salmo 127 se atribuye al rey Salomón, quien reflexióno sobre la vida de esfuerzo incesante: «Es inútil que te esfuerces tanto, desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, y te preocupes por conseguir alimento; porque Dios da descanso a sus amados» (Salmo 127:2), 

Él no está condenando el trabajo duro (véase Proverbios 10:4); mas bien, se refiere a la búsqueda sin sentido de trabajar tanto tiempo y tan duro que la ansiedad se apodera de uno y le impide descansar por la noche. Esto no es lo que Dios tenía planeado para nosotros, porque este tipo de estilo de vida puede resultar en una falta de confianza en la provisión de Dios. El descanso y la confianza están conectados. El mandamiento del día de reposo fue un regalo que instaba al pueblo de Dios a confiar en que Él supliría sus necesidades aun cuando no estaban trabajando. En nuestras mentes finitas, no podemos comprender (de forma natural) cómo el hecho de no trabajar puede llevarnos a tener lo suficiente; pero los cálculos de Dios no son los nuestros. Aquí es donde entra en juego la fe: creer en Dios y confiar en que Él proveerá todo lo que necesitamos.

Vemos esto reflejado cuando Dios ordenó a los israelitas que concedieran a su tierra un descanso sabático cada siete años. Surgía entonces la pregunta obvia: "¿De qué viviremos el séptimo año si no sembramos ni cosechamos nuestros cultivos?" (Levítico 25:20). Dios prometió que la cosecha del sexto año sería lo suficientemente abundante como para sustentarlos hasta que estuvieran disponibles los cultivos de la próxima siembra (véase Levítico 25:21-22). Dios no permitió que su pueblo muriera de hambre, sino que proveyó todo lo que necesitaban. Dios conocía su poder y desafió a Su pueblo a confiar en Él. Además, el mandato de dejar descansar la tierra resultaba beneficioso para la tierra misma. 

Por tanto, debemos hacernos la pregunta: ¿Podemos aceptar los límites que Dios nos dio amorosamente? ¿Creemos que Dios nos ama y sabe qué es mejor para nuestras vidas? Si es así, podemos entregar nuestras vidas físicas al diseño de Dios, ya que cuidar nuestro cuerpo nos permite recibir el regalo del descanso que Él nos ofrece. Siempre habrá más trabajo por hacer, más personas con quienes reunirse y más lugares a donde ir; sin embargo, debemos vivir dentro de los límites que Dios estableció para mantenernos sanos y ser más eficaces al desempeñar los roles que Él nos ha asignado. No podemos permitirnos sentir el estrés y la presión de querer hacerlo todo por todos y en todo momento. Esa es la labor de Dios, algo que solo Él puede hacer, y lo hace maravillosamente bien; de hecho, lo hace ¡a la perfección! Si nos negamos a aceptar los límites de Dios, pagaremos las consecuencias de una manera u otra. 

Cuando no dormimos lo suficiente, dependemos de la adrenalina y la cafeína (yo mismo soy culpable de esto) para sobrellevar el día, lo que a la larga conduce a un agotamiento crónico. Podemos llegar a estar tan sobrecargados de trabajo que no encontramos tiempo para hacer ejercicio, lo que suele llevar a comer en exceso (y, a menudo comida rápida), lo cual afecta nuestra salud en general.
Por si fuera poco, sabemos que necesitamos bajar el ritmo y cultivar nuestras relaciones con nuestros seres queridos, pero todos estamos tan ocupados que nos limitamos a decir: «Deberíamos vernos pronto», sin llegar nunca a concretarlo, ya que la idea de añadir algo más a la agenda nos resulta agotadora. Así, el ciclo continúa. 

Este tema me apasiona porque hace casi diez años me vi obligado a lidiar con mi estilo de vida poco saludable cuando mi cuerpo colapsó mientras estaba predicando un domingo por la mañana y no pude terminar el sermón. Al principio, pensaba que se debía a un problema de salud previo, pero los análisis méidcos revelaron claramente que la ansiedad y el descuido de mi cuerpo eran los verdaderos culpables. En un primer momento resté importancia a los resultados, pero era innegable que algo andaba mal en mí: en mi cuerpo, en mi mente y en mi alma. Habíamos plantado una iglesia y creció rápidamente. Me casé, lidiaba constantemente con problemas familiares y luchaba con la falta de límites, hábitos poco saludables de alimentación y ejercicio, y falta de descanso. Fue la época de mayor humildad de mi vida, pero también la más valiosa. Decidí entonces confiar a Dios Su iglesia, a mi familia, mi cuerpo y todas las demás áreas de mi vida, y comencé a ejercer dominio propio para desarrollar hábitos saludables. Más que nada, sabía que necesitaba adorar a Dios entregándole todo mi cuerpo. "¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen con su cuerpo a Dios» (1 Corintios 6:19-20, NVI).

Entregar nuestros cuerpos a Dios significa entregarle también nuestros horarios, nuestras limitaciones y nuestra necesidad de descanso. Dondequiera que te encuentres hoy, oro para que halles descanso al confiarle tu cuerpo a Dios. Que podamos darle a Dios la adoración que merece, no solo el domingo, sino todos los días, honrándolo con cada aspecto de nuestras vidas.

Dylan Robinson es el pastor principal de la Iglesia del Nazareno The Well en Springfield, Missouri.