Enfrentar el Sufrimiento con Esperanza y Compasión

Enfrentar el Sufrimiento con Esperanza y Compasión

Enfrentar el Sufrimiento con Esperanza y Compasión

¡Hay tanto dolor en nuestro mundo! El sufrimiento irrumpe en la vida humana y se presenta de múltiples formas como un desastre natural, una cruel enfermedad crónica, un diagnóstico médico terminal, la perdida repentina de seres queridos, vidas inocentes ultrajadas por el abuso y el maltrato, entre una lista infinita de posibilidades. En este mundo caído convivimos con el sufrimiento que tiene diversas fuentes pero que en silencio nos alcanza a todos por igual.

Ante estas situaciones surgen interrogantes existenciales imposibles de responder con nuestra mente finita y limitada. El sufrimiento nos lleva radicalmente a una encrucijada donde la fe se encuentra con la duda. En estas circunstancias, algunos cuestionan la existencia de Dios, Su poder y Su bondad, mientras que otros deciden acercarse al Creador con desesperación, en busca de refugio y esperanza.

A lo largo de la historia el ser humano ha buscado respuestas al dolor. El Dr. Paul Hiebert tiene un excelente escrito donde presenta los esfuerzos de sistemas explicativos de diferentes culturas para tratar de encontrar las causas del sufrimiento y las tragedias. Muchos piensan que el sufrimiento tiene que estar relacionado con algo que hemos hecho, y por lo tanto tenemos que pagar las consecuencias.

En su Evangelio, Juan nos cuenta que en una ocasión Jesús y los discípulos se encontraron con un hombre ciego de nacimiento. Ellos le preguntaron a Jesús: “Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?”. La pregunta apelaba a saber quién era el culpable de esta desgracia. La lógica humana funciona de tal manera que ante el sufrimiento tratamos de buscar las causas para comprender por qué sucedieron las cosas. Sin embargo, a respuesta de Jesús cambió la dirección de la pregunta: en lugar de considerar la búsqueda de los culpables, Jesús se centró en el propósito del sufrimiento y respondió: “Esto sucedió para que la obra de Dios se manifieste en su vida” (Juan 9:3).

Muchas veces especulamos con nuestras observaciones, porque creemos que podemos descubrir los propósitos de las situaciones más dolorosas; en realidad, somos como los amigos de Job cuando interpretan la trágica situación por la que atraviesa. ¿Quién podría conocer la profundidad del misterio del sufrimiento? ¿Qué explicación racional es suficiente para interpretar los impactantes dramas humanos? ¿Quién puede presumir que conoce los designios de Dios?

A la luz de las palabras de Jesús aprendemos que aunque no siempre entenderemos por qué suceden las cosas, podemos descansar en la certeza de que Dios tiene un propósito perfecto aún en los días más difíciles de la vida. John Ortberg ha señalado que el sufrimiento, además de suscitar cuestiones incontestables, nos dice que nuestra esperanza debe estar en confiar en algo más allá de nosotros mismos.

Como iglesia de Jesucristo, ¿cómo respondemos al sufrimiento en este mundo que nos recuerda nuestra fragilidad? No podemos equivocarnos al pensar que los creyentes están inmunizados contra todo tipo de dolor y que una vida victoriosa debe caracterizarse por la ausencia de sufrimiento. Jesús mismo nos advirtió: “En este mundo afrontarán aflicciones; pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). La Escritura nos da suficiente evidencia de que el sufrimiento es parte de la vida humana, pero la diferencia es que en medio de esos valles de sombra y muerte, Dios nos garantiza que Él estará presente.

Philip Yancey hizo la pregunta, “¿Dónde está Dios cuando duele?” Él está ahora en la iglesia, Su presencia delegada en la tierra. Esto implica que, como Cuerpo de Cristo, estamos llamados a encarnar la presencia sanadora y compasiva de Dios entre los que sufren. Que gloriosa misión, porque ponerse en el lugar del otro será siempre mostrar el amor redentor de Dios.

Depositar nuestra fe en Dios en medio del dolor no significa que debamos tener todas las respuestas que expliquen los propósitos divinos. Tener fe es simplemente confiar en que Dios es bueno y que sus propósitos son siempre perfectos para nosotros, aunque superen temporalmente nuestra capacidad de comprensión. El salmista dijo: “Hubiera desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” (Salmo 27:13). Esa es nuestra esperanza ante el dolor. Dios tiene el control de todas las cosas y finalmente obrarán para nuestro bien. El Dr. Timothy Keller nos recuerda que rara vez podemos ver ni siquiera una millonésima parte de las formas en que Dios está haciendo que todas las cosas funciones para el bien de aquellos que lo aman. Pero Él está trabajando y, por lo tanto, puedes estar seguro de que Él no te abandonará.

Estamos rodeados de tanto dolor en nuestro mundo; las explicaciones no bastan y nuestra razón calla. En esos momentos cuando viajamos dentro de los límites de nuestra fe, nuestra confianza en la gloriosa compañía de Dios y en Su perfecto propósito nos trae sobrenaturalmente la paz y la esperanza que necesitamos.

Jorge Julca es presidente del Seminario Teológico Nazareno en Pilar Argentina y Coordinador Regional de Educación para la Región de América del Sur.

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