Nada nuevo bajo el sol, hasta que llegó Jesús.
Mirando por la ventana, viendo caer la lluvia, escuchando la risa de otros niños que jugaban afuera y oliendo la comida en la estufa de mi abuela, mi corazón quería dejarlo todo y unirme a ellos, pero me contuve, porque todavía tenía tareas pendientes. Al crecer en un país ateo, mi vida a los seis años fue simple y tranquila, sin mucha emoción.
