La Gracia de Dios al Regenerar a Aquellos Muertos en Pecado

La Gracia de Dios al Regenerar a Aquellos Muertos en Pecado

La Gracia de Dios al Regenerar a Aquellos Muertos en Pecado

La regeneración es un acto de Dios que por gracia, da nueva vida a aquellos que están muertos en pecado[1]. La organización de fe mundial identificada como la Iglesia del Nazareno acepta que Dios en su gracia da vida a aquellos que han estado espiritualmente muertos en pecado. Esencialmente, la regeneración aborda la idea que una persona se le otorga nueva vida a través del amor del Padre, la obra completa y consumada de Cristo en la cruz y la obra de resurrección del Espíritu Santo (Romanos 8:11). En una obra inclusiva y simultánea, una persona que estaba muerta en pecado puede ser vivificada a través de la fe y despertar por la gracia de Dios. La fe, la justificación, la confesión, el arrepentimiento, la regeneración, el perdón y la morada del Espíritu Santo se convierten en realidades para el nuevo creyente en este orden de la salvación (Ordo Salutis)[2].

Al enmarcar el Ordo Salutis dentro de una perspectiva Wesleyana, el concepto de regeneración encaja dentro de las conversaciones más amplias sobre la salvación. Las conversaciones sobre la regeneración (a veces descrita como salvación, conversión, santificación inicial o nacer de nuevo) se centran en el nuevo nacimiento de la naturaleza espiritual y moral del creyente arrepentido.

John Wesley habló sobre la justificación y el nuevo nacimiento como una obra simultánea de la gracia de Dios en la vida del nuevo creyente. Una persona es justificada y vivificada para la vida espiritual y moral, siendo así capaz de experimentar fe, amor y obediencia[3]. Por lo tanto, la regeneración en el sentido más amplio implica un despertar de la gracia que lleva a la persona a una relación salvadora con Dios. Esta “resurrección espiritual”[4] también nos convence fuertemente de la profundidad de nuestra separación con Dios.

En el capítulo 6 de Isaías, la visión del profeta de la santidad de Dios lo convenció de su propia inmundicia y la de las personas que lo rodeaban. Solo después que Dios limpió los labios del profeta, éste pudo comprometerse como instrumento de Dios para llevar su mensaje aun pueblo que vivía en pecado. A través de este encuentro, Isaías fue salvo y empoderado para ser un instrumento de Dios. En el sentido más amplio, es por esto que algunos pueden hablar de la regeneración como salvación. Muchos pueden ver la regeneración en el Nuevo Testamento como nacer de nuevo o ser salvo (Juan 3).

Soy étnicamente considerado asiático. Sin embargo, solo he estado expuesto a la educación occidental y soy de origen sudafricano. Cultural y religiosamente, la mayoría de los sudafricanos están expuestos a las religiones indígenas africanas (la mayoría de ellas con un panteísmo profundamente arraigado): el islam, el hinduismo y el cristianismo. Encajando dentro de esta mezcla de costumbres y pluralismo religioso, puedo dar fe de la realidad, incluso en mis últimos años de adolescencia, de ser astuto y conscientemente religioso pero no estar espiritualmente vivo.

La mayoría de los jóvenes de color aprendieron a sobrevivir en los pueblos. Aunque mi familia era considerada cristiana, no sabía lo que significaba ser creyente en Cristo hasta un día en una iglesia Nazarena, un dedicado predicador de la santidad predicó sobre el despertar espiritual de Isaías.

Cuando tenía 18 años, buscaba desesperadamente alivio de la ira, la amargura, la vergüenza y la culpa. Fui criado en un ambiente de amargura, culpa y vergüenza, lo que significaba sofocar las expresiones propias y tolerar otras razas y religiones. Las expresiones de abrazos y “te amo” no se compartían en absoluto en la mayoría de nuestros hogares. Quizás fue debido a las dura realidad de ganarse la vida miserablemente dentro de un régimen aplastante de racismo, que el amor no era un lenguaje de uso común. El futuro era sombrío y tenía hambre de activismo político y pacifismo religioso en mi comunidad. La sociedad en la que crecí se centró en los negocios, la carrera y la ambición. En la intersección de estos vientos cruzados inmensamente intensos, Dios se acercó a mí sólo por Su gracia y despertó profundas convicciones de fe y creencia en Él, resucitando el ser espiritual y moral en mí a una nueva vida. El amor era más evidente en esta gracia apremiante. Su gracia regeneró en mi una vida de amor que quedó latente durante mucho tiempo dentro de mí. Fue transformador descubrir este amor que no tenía apegos ni condiciones.

El amor de Dios no trajo ningún pensamiento de mejoras materiales o prosperidad y ningún sentido de expectativa o reciprocidad. Trajo la libertad de simplemente ser. Retiró una pesada cortina sobre mi identidad y reveló un valor personal más allá del derecho y la demanda. El mensaje de Dios reveló que valía la pena salvarme, yo valía Su imagen en mí. Quizás esto se articule mejor con las palabras del autor del himno: “Que Dios amase a un pecador cual. Y que cambiase en gozo su pesar…”[5]

En ese glorioso día después de escuchar el sermón sobre Isaías, comprendí que simplemente tolerar a los demás no me daría una vida que valiera la pena vivir. Comprendí que podía ser amado (no solo cuidado) y que podía amar a los demás (no simplemente tolerarlos); esto simplemente me cambió la vida. El amor de Dios fue una luz que lleno mi corazón. Su amor reemplazó la tolerancia, la aceptación ciega de la injusticia y el determinismo político. Por primera vez, me consumía la idea de elegir amar a los demás. Fui despertado a amar por gracia. Dejé de tolerar a los demás y por fe, elegí amar a los demás. Mi amistad con personas de diversas religiones y razas florecieron.

Fui verdaderamente despertado por la gracia. Era como si estuviera mirando lo que antes estaba oscuro, solo que ahora, alguien había encendido una luz en esa oscuridad total, y tomó forma y figura. Podía ver en la oscuridad de mi ira y dolor. La esperanza y el amor brillaron intensamente en mi futuro. Creía que Dios podría y lo haría, habitar en mi vida plena y completamente.

Creí que Dios se dio a sí mismo a mí por amor incondicional tanto como pude comprender y recibir. He llamado a esta experiencia “ser re-Génesis”. La regeneración reescribió mi historia de creación. Nací de nuevo.[6]

En el año que siguió, comencé a encontrar formas de servir a mi comunidad. Busqué formas de estudiar la Palabra de Dios, esta nueva forma de vida se caracterizó por un apetito voraz por estudiar la Biblia. Leí todo lo que puede encontrar sobre la Biblia y desarrollé una curiosidad acerca de cómo la Biblia tendría sentido para mi vida diaria. Mientras vivía esta nueva realidad, me di cuenta de que Dios siempre estaba dispuesto a ofrecer más de sí mismo, pero yo no estaba dispuesto a renunciar a menudo a mis preferencias y privilegios por Dios. Finalmente, todo se redujo a una elección de carrera. Yo era estudiante de derecho, una carrera que había querido desde que puedo recordar. Sentí que me estaba atrayendo la riqueza y la influencia política que esta carrera podría brindarle a alguien que anteriormente estaba en desventaja bajo un sistema agotador de racismo estructurado. Podría haber usado el puesto de abogado para atender la injusticia que rodeaba mi vida.

Sin embargo, sentí una compulsión aún mayor, de cierta impotencia en mi búsqueda de un título en derecho. Sentí que no todo lo que aparentemente era legal, era ético y que Dios me estaba invitando a Su manera de servir. Fue el comienzo de una nueva comprensión de que me faltaba conocimiento pero que no necesitaba agobiarme con saberlo todo. Esta nueva forma de pensar requería una entrega total de mi vida a Su confiabilidad. Sentí un llamado a una obediencia y consagración más profundas. Entonces me di cuenta de la necesidad de comprometer completamente todo mi pasado, presente y futuro a la gracia de Dios que ya estaba obrando en mí.

A medida que crecemos en gracia y madurez cristiana, debemos recordar el poder santificador del Espíritu. No podemos ver nuestros esfuerzos como algo que merece el perdón de Dios, sino como una ofrenda de agradecimiento por lo que Él ha hecho. Nuestra respuesta a Su voluntad se hace posible a través del don de renacer. Todos los días se me recuerda que soy un hijo de Dios y, debido a Su sacrificio expiatorio, soy liberado de todas las limitaciones humanas. Existo en Su gloriosa libertad como Él quiso que fuera.

Gabriel Benjiman actualmente se desempeña como Coordinador Regional de Educación y Desarrollo Ministerial para la Iglesia del Nazareno en África. Es licenciado y posgraduado en Teología y Ciencias Sociales. Está felizmente casado con María y disfrutan de la familia que Dios les ha dado. Tienen dos hijas y viven felices en Sudáfrica.

Holiness Today, January/February 2021

 

 

[1] William Greathouse and H. Ray Dunning, An Introduction to Wesleyan Theology (Una Introducción a la Teología Wesleyana) (Kansas City: Beacon Hill Press of Kansas City, 1989), 86.

[2] Richard Taylor, Leading Wesleyan Thinkers (Principales Pensadores Wesleyanos) (Kansas City: The Foundry Publishing, 2010).

[3] Manual de la Iglesia del Nazareno 2017-2021, 31

[4] Greathouse, An Introduction to Wesleyan Theology, 92.

[5] C. Bishop, “Such Love,” 220, (“¡Oh, qué Amor!”, 339) Worship in Song (Kansas City: Lillenas Publishing Company, 1976).

[6] “… cambié de pecado a santidad; renovado a la imagen de él, que nos creo”. John Wesley

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