Un viaje que te hace ser humilde

Un viaje que te hace ser humilde

Un viaje que te hace ser humilde

Cada gira de un superintendente general es un poco diferente. Uno nunca sabe con lo que puede encontrarse; viajando de un país a otro y de un distrito a otro y experimentando lo que Dios está haciendo en el mundo.

Llegar a Bolivia fue simplemente increíble. Había escuchado mucho sobre este hermoso país y las personas que forman parte de la Iglesia del Nazareno. Aterrizamos alrededor de las cuatro de la mañana, aún así, un séquito de nazarenos estaba ahí para recibirnos. Allí hacía mucho más frío que en Perú y ellos tenían sombreros y guantes para cada uno de nosotros. Sabíamos que nos encantaría estar con estas personas.

Nunca se sabe qué esperar de una asamblea. Llegamos a nuestra iglesia en El Alto para la asamblea. Esta fue una experiencia nueva para mí porque la altitud era de 4100 metros. El Alto es el centro urbano situado a mayor altitud en el mundo. Incluso tienen un tanque de oxígeno en la iglesia por si alguien lo necesita. Por precaución, nosotros tomamos medicamentos para el mal de altura antes de llegar. El auditorio donde se celebraba la asamblea estaba en el tercer piso del edificio. Antes de que el día siquiera comenzara, nuestros pulmones ya estaban ejercitándose.

La mayor alegría es experimentar lo que Dios está haciendo. Las entrevistas de ordenación que se dieron en esta asamblea fueron especialmente conmovedoras. Nuestros pastores y sus familias se sacrifican para servir al Señor. Algunos de ellos viven en lugares lejanos con pocos o ningún recurso, pero comparten testimonios de la poderosa obra de Cristo en sus vidas y en las personas de sus comunidades. Una mujer tenía un problema en los ojos y estaba luchando con su visión. Interrumpimos las entrevistas, nos reunimos alrededor de ella y oramos para que Dios trajera sanidad a su cuerpo. Fue un momento precioso.

El último día de asambleas en Bolivia, pensamos que quizá deberíamos revisar nuestros niveles de oxígeno en la sangre. Sigo teniendo licencia de enfermera y estas cosas me fascinan. Los hombres tenían un nivel de saturación de 90%, mientras que las mujeres teníamos un nivel de 85%. ¡No era de extrañar que nuestros pulmones ardieran cuando respirábamos! Simplemente no estábamos acostumbrados a esta altitud. Sin embargo, esto no impidió que los queridos hermanos de Bolivia alabaran y adoraran al Señor.

Cuando volvimos de Bolivia, volamos vía Lima hasta Chiclayo. El distrito de Chiclayo es uno de los más antiguos de la Iglesia del Nazareno. Tiene más de cien años y ha sido un distrito regular de Fase Tres durante más de cincuenta años. Este es un distrito importante para la Iglesia del Nazareno, ya que ha formado líderes y misioneros que ahora sirven en todo el mundo.

Cuando era niña, yo participé en el programa Caravanas Nazarenas. En ese tiempo, el premio más importante para una niña era la medalla Esther Carson Winans. Trabajé duro y finalmente gané el premio, y siempre estuve fascinada con la mujer a quien el premio honraba. Había leído sobre ella cuando era niña, pero esos recuerdos ahora estaban lejanos en mi mente de adulta. Cuando condujimos de Chiclayo a Jaén, Perú, y luego hacia la selva amazónica, me dijeron que iríamos a la tumba de Esther Winans. Mi curiosidad se despertó. Busqué en la Biblioteca Digital Wesleyana de Santidad (WHDL.org) y encontré una biografía de esta increíble mujer. En tan solo once horas, nosotros recorrimos lo que a Esther y su esposo, Roger, les había llevado meses recorrer.

Esther Carson Winans entregó su vida al Señor cuando era niña y fue enteramente santificada antes de su adolescencia. Ella tuvo una visión de un pueblo nativo en lo profundo de la selva que necesitaba conocer a Cristo. Esa visión y su pasión por servir al Señor nunca la abandonaron. Pasó años en preparación, aprendiendo seis idiomas, estudiando la Biblia, teología y educación en Pasadena College. Cuando llegó a Perú, sintió que estaba lista para servir al Señor y a la iglesia, pero los desafíos que enfrentó no eran de esos para los que uno se puede preparar con un libro de texto. La esposa del misionero Roger Winans murió durante el parto, dejando a dos misioneras solteras al cuidado de tres niños mientras Roger buscaba formas de llegar a la selva. Esther cuidó del bebé recién nacido hasta que él falleció poco antes de su primer cumpleaños. Eso destrozó su corazón.

Con el tiempo, Esther se casaría con Roger y tendrían un matrimonio feliz, junto a los dos hijos que él tenía de su primer matrimonio y los demás niños que se unirían a la familia. Pero el llamado a las misiones implicaba grandes sacrificios. Toda la familia luchó contra los ataques recurrentes de malaria, y la selva se convirtió en un desafío para la salud de los niños. Los niños mayores regresaron a Estados Unidos para vivir con sus abuelos, mientras que Esther y Roger continuaban adentrándose en la selva para compartir el evangelio de Cristo con los Awajún.

Esther pudo descifrar el idioma de los Awajún, crear un alfabeto y comenzar a traducir porciones de las Escrituras e himnos para ellos. Esto cautivó los corazones y las mentes del pueblo Awajún, que nunca se había sometido a la autoridad de los incas o de los católicos romanos. Sin embargo, la pequeña misionera que llegó con la unción del Espíritu Santo y armada con la Palabra de Dios se convirtió en el instrumento que Dios usó para tocar a todo un grupo de personas.

Cuando terminé de leer la biografía, vi las tres cruces en la ladera de la colina, marcando la tumba de Esther. Ella murió a los treinta y ocho años, dando a luz a una niña, pero su cuerpo se había debilitado debido a los repetidos ataques de malaria. Su vida fue una ofrenda, entregada por amor a Cristo y por amor a los Awajún.

Poco después, llegamos a Nuevo Horizonte, la estación misionera, situada en medio de la comunidad Awajún. Salí del vehículo y había una gran multitud que cantaba alabanzas a Dios y nos daba la bienvenida. Este era el pueblo de Esther, por el que ella había dado su vida. Me sentí indigna de su hermoso saludo, porque todo lo que podía pensar era en ella, que dio su vida para que estas personas pudieran conocer a Cristo.

Tengo la oportunidad viajar de un país a otro y ver cosas increíbles. Cada día puede traer una nueva sorpresa, ¡pero no hay nada más hermoso que ver al pueblo de Dios adorándolo y alabándolo! Es una experiencia que nos llena de humildad.

Carla Sunberg es superintendente general de la Iglesia del Nazareno

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