Reflexiones sobre el día de reposo: Un regalo de Dios para los ministros cansados
Faltaban dos días para mi cumpleaños número veinteocho, cuando llegó mi primer domingo como pastor principal. Utilizo el término «pastor principal» con bastante generosidad; en realidad, yo era el pastor, y cuarenta y dos personas se presentaron para recibirme en aquel primer día del Señor. Había dejado atrás una carrera muy gratificante como maestro y entrenador en una escuela pública para asistir al seminario y responder al llamado que Dios había puesto en mi vida hacia el ministerio pastoral. Ahora, ese llamado estaba comenzando.
Después del culto de aquel primer domingo, algunos miembros de la congregación nos invitaron a mí esposa y a mí a almorzar en un restaurante local. Durante la conversación, me golpeó una cruda realidad: yo era responsable del bienestar espiritual de cuarenta y dos personas. Lo que yo dijera desde el púlpito, lo que enseñara en las clases y la forma en que viviera mi fe cristiana influiría en el destino eterno de aquellas almas que me habían llamado a ser su pastor.
Han pasado casi cincuenta años desde entonces, pero debo confesar que esa sensación de responsabilidad por el bienestar espiritual de los demás nunca me ha abandonado. Aunque ahora estoy jubilado, dirijo dos grupos de estuido bíblico en mi iglesia local, y la conciencia de mi papel en el destino eterno de sus integrantes sigue ardiendo profundamente en mi alma. Comprendo lo que sintió el apóstol Pablo al escribir las palabras de 2 Corintios 11:28-29. Tras enumerar, en varios versículos, los sufrimientos físicos que padeció por la causa de Cristo, añadió estas palabras: «Y como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias. Cuando alguien se siente débil, ¿no comparto yo su debilidad? Y cuando a alguien se le hace pecar, ¿no ardo yo de indignación?
Estoy seguro de que no soy el único que experimenta estos sentimientos. Los pastores con corazón de pastor se sentirán identificados con lo que he descrito Y no es solo el cuidado espiritual de las personas lo que genera en el pastor una pesada sensación de responsabilidad; también está la diversidad de expectativas de las que nunca podemos desprendernos. Muchos han cedido ante el peso de las cargas que llevaban, abandonando el ministerio o cayendo en diversas faltas morales en su intento por encontrar alivio.
Si bien los ministros nunca podrán liberarse de ese sentido de responsabilidad, es posible desarrollar herramientas que nos ayuden a sobrellevarlo. Una de esas herramientas es la práctica constante de la observancia del día de reposo. En su sabiduría infinita, Dios integró el día de reposo en la estructura del universo. Un día de cada siete debía dedicarse al descanso, una pausa frente a las rutinas de la vida y el ministerio. Lo irónico es que, a menudo, quienes hemos sido llamados a liderar y enseñar a otros, somos los primeros en descuidar el tiempo necesario para descansar y renovarnos. El resultado es inevitable. A lo largo de los diversos cargos de liderazgo que he ocupado en la iglesia, me he encontrado con muchos ministros al borde del agotamiento; algunos, incluso, considerando abandonar el ministerio por completo. En mis conversaciones con ellos, siempre planteo las mismas preguntas: ¿Estas dedicando tiempo a descansar? ¿Eres constante en la práctica semanal de observar el día de reposo? ¿Tomas vacaciones en las que dejas atrás tu trabajo? Casi sin excepción, la respuesta ha sido un "no" pronunciado con cierta timidez. Nadie puede mantener un ministerio saludable a largo plazo si no practica un día de reposo semanal. El teólogo británico H. H. Farmer señaló: «No puedes ir contra la naturaleza del universo sin terminar con astillas».
Otra herramienta para afrontar la responsabilidad del ministerio es el año sabático, o período sabático, una extensión del concepto del día de reposo. Tras un número determinado de años en una asignación ministerial, el pastor dispone de varias semanas para, una vez más, descansar y experimentar una renovación espiritual. No se trata de un tiempo para actualizar el propio ministerio, preparando sermones ni visitando otras congregaciones para obtener ideas innovadoras, sino de un tiempo para alejarse de las rutinas habituales y permitir que tanto el cuerpo como la mente descansen. En el ámbito académco, hace mucho tiempo que se reconoce el valor de los permisos sabáticos para los profesores y el personal administrativo; alejarse del aula o de las responsabilidades administrativas prolonga y enriquece la labor educativa. La misma dinámica se aplica a los ministros: los periodos sabáticos pueden prolongar el ministerio, e incluso, ayudar a que un ministro permanezca fiel a su llamado.
En el año 2005, el Asbury Theological Seminary recibió una importante subvención de la Fundación Lily para estudiar el agotamiento ministerial y las razones por las cuales los ministros abandonan el ministerio. Me invitaron a formar parte del equipo de investigación. Mi función consistía en realizar una presentación sobre el día de reposo y estar disponible para conversar en privado con los participantes a lo largo de un evento de cuatro días, en un entorno propicio para el descanso, como las montañas o la playa. Todos los gastos estaban cubiertos. Se invitó a los ministros a asistir para descansar y, si lo deseaban, a participar en dinámicas grupales sobre temas planteados por los líderes de grupo.
Después de mi presentación, un ministro de otra denominación me propuso almorzar juntos. Me habló de la postura de su congregación respecto a que él se tomara cualquier tipo de tiempo libre fuera de sus labores. Era una congregación numerosa, de entre 250 y 300 personas. Le decían cosas como: «Pastor, lo amamos y lo necesitamos. ¿Qué pasaría si ocurre algo mientras usted no está? Desde el punto de vista económico, no podemos permitirnos pagar a otra persona para que realice su trabajo durante su ausencia. Y, sinceramente, pastor, yo nunca dispongo de periodos de descanso prolongados en mi trabajo».
Mientras conversábamos, pude percibir que surgían dinámicas tóxicas, tanto para el pastor como para la congregación. Lo primero que analizamos fue el impacto que la actitud de la congregación tenía en él. El pastor reconoció que tendía a buscar la aprobación de los demás y que disfrutaba de la gratificación personal que le brindaba el aprecio de los miembros por su labor. Sin embargo, tras años de estar disponible de forma ininterrumpida, el agotamiento comenzó a pasarle factura, y él clamaba por ayuda. Con gentileza, le expliqué que la labor de los pastores y maestros consistía en «capacitar al pueblo [de Dios] para la obra de servicio» (Efesios 4:12), y no en cargar con todo el peso ellos solos. Él necesitaba confiar en que la obra podía continuar sin su presencia, mientras que la congregación debía comprender que el verdadero Señor de la iglesia no les fallaría. El pastor empezó a darse cuenta de que, al permitir que su congregación exigiera su disponiblidad permanente, no solo se estaba causando daños físicos y emocionales, sino que también estaba obstaculizando el proceso de madurez de los miembros de su iglesia. Un año después, comentó que ya se habían producido cambios y que se estaba consolidando una comprensión más saludable de las necesidades pastorales y la responsabilidad que corresponde a la congregación.
Muchos pastores se muestran reticentes a plantear la posibilidad de un tiempo de descanso sabático. Es fundamental que los pastores cuenten con personas que aboguen por ellos y les ayuden en este proceso. Desde el punto de vista denominacional, el párrafo 129.10 del manual ofrece directrices y trabaja con el superintendente de distrito para animar a las iglesias locales a establecer una política sobre los períodos sabáticos. A nivel local, cada iglesia debería contar con un comité de relaciones pastorales que vele por el bienestar de sus líderes. Una de las mejores medidas que puede adoptar este comité es animar a la congregación a permitir que su pastor disfrute de un día de descanso semanal, libre de cualquier responsabilidad ministerial. Esto podría requerir la designación de una persona de contacto alternativa para atender emergencias durante ese tiempo.
El llamado al liderazgo pastoral, conlleva una gran responsabilidad. Es indudable que el Espíritu Santo provee la gracia y la fortaleza necesarias para esta labor; no obstante, la colaboración del pueblo de Dios es un elemento indispensable para sostener a los pastores a lo largo de toda su trayectoria ministerial.
David Wilson fue secretario general de la Iglesia del Nazareno entre 2007 y 2019.
