La Ley de Moisés: la fidelidad al pacto encarnada

La narración bíblica presenta a Moisés desde diversas perspectivas: un niño hebreo criado en la corte del faraón, un fugitivo en el desierto, un pastor y maestro, un confrontador de una comunidad rebelde y un intercesor ante Dios. Sin embargo, no hay una imagen de Moisés más destacado que la de legislador. Pero, ¿de qué se trata esta ley que Moisés recibió como un regalo de Dios para el pueblo de Dios? ¿Cuál fue su propósito y significado para el antiguo pueblo hebreo, y qué significado tiene para los cristianos de hoy?

Para responder a estas preguntas, el contexto en el que aparece la ley de Moisés es un buen punto de partida. Sacar la ley de su contexto más amplio en la narrativa bíblica puede conducir a malentendidos e incluso distorsiones de la ley. La narrativa bíblica es clara en que la gracia de Dios precede a la ley dada a Moisés. Antes de que Dios diera la ley, el Señor liberó por gracia al pueblo hebreo del cautiverio y, posteriormente, le proporcionó alimento y protección en el desierto. Para Moisés, no existía ley alguna para el pueblo de Dios, fuera de la gracia de Dios que la precedía, liberaba y sostenía.

Estos actos de gracia de Dios se convierten en un anticipo de lo que estaba por venir en el desierto. En el Monte Sinaí, el Dios que había liberado y sostenido a su pueblo estableció un pacto con ellos. No se convirtieron en el pueblo del pacto del Señor como resultado de la obediencia a la ley, sino como resultado de la iniciativa bondadosa de Dios de adoptar a esta comunidad de huérfanos como su pueblo elegido. Esta relación de pacto iniciada por Dios se refleja en todas las Escrituras en la declaración repetida del Señor: "Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo". Si bien el Señor quien toma la iniciativa, las personas liberadas y sostenidas llegan a ser partícipes junto con Dios y entre sí en esta relación de pacto. No serán para Dios "algo" que Dios manipula, sino que serán para Dios "ustedes" con quienes Dios compartirá una relación auténtica y bilateral.

En este pacto, el Señor se toma en serio a su socio en el pacto, y los separa para que sean una comunidad santa y distinta que funcionará en el mundo como un reino de sacerdotes (ver Éxodo 19:6). Esta comunidad del pacto serviría como instrumento del Señor de gracia y bendición que da vida a toda la tierra, por lo que la promesa de Dios a Abraham se convertiría en una realidad: "Te bendeciré, y serás de bendición... ¡por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra! (Génesis 12:2, 3). Dios nunca tuvo la intención de que este pacto formara una comunidad elegida que se apartara del mundo y existiría simplemente para su propio bien. Más bien, Dios llamó a esta comunidad del pacto a existir para que viviera en el mundo con el propósito de ser una bendición de Dios para el mundo. Viajando hacia el futuro, este pueblo encarnaría la "gloria del tabernáculo (shekinah)", la presencia santa y vivificante de Dios, en el mundo y para el mundo. Esta comunidad en pacto con el Señor es inseparable de la misión de Dios en el mundo.

Liberación, provisión, pacto... ¿qué tienen que ver estos actos de gracia de Dios con la ley de Moisés? Proporcionan el contexto esencial para la ley que Dios dará posteriormente. Eliminada de este contexto, la ley de Moisés puede convertirse en lo que nosotros queramos que sea. Sin embargo, dentro del contexto de la gracia y la misión de Dios, la ley encuentra su propósito y significado. Si el Señor simplemente hubiera liberado, sostenido y establecido un pacto con el pueblo, para luego dejarlos descubrir por sí mismos cómo podrían encarnar la identidad de este pacto, sería, en el mejor de los casos, negligente y, en el peor, perverso. De hecho, Dios le otorgó a su pueblo una forma de vida, prácticas, a las que las Escrituras se refieren como la ley de Moisés. Vista y celebrada en la narrativa bíblica como un don de Dios, la ley proporcionaba al pueblo prácticas concretas que le permitirían vivir su identidad del pacto en el mundo real. La respuesta del pueblo de Dios a este regalo divino de la ley no fue de esfuerzo ante una carga pesada, miedo al castigo, culpa por el fracaso o ansiedad por no cumplir. Su respuesta fue una profunda gratitud por sus actos de gracia, que culminaron en el pacto que él hizo con ellos. En lugar de obedecer la ley para ganarse la gracia de Dios, la gratitud por la gracia recibida se convirtió en la motivación para que el pueblo viviera con fidelidad al pacto mediante la obediencia a la ley.

            A lo largo de los siglos, ha habido una tendencia a dividir las instrucciones de la ley en categorías: leyes morales que proporcionan prácticas éticas que reflejan el carácter de Dios, leyes ceremoniales que proporcionan orientación en asuntos de adoración, como las fiestas y sacrificios, y leyes judiciales que proporcionan instrucciones para tomar decisiones legales justas y rectas. Estas categorías ciertamente pueden ayudarnos hoy a obtener una comprensión más clara del propósito de varias leyes. Sin embargo, las Escrituras en sí mismas no proporcionan estas distinciones tan claramente como podríamos pensar. La ley de Moisés tiende a considerar que la vida fiel al pacto abarca la totalidad de la vida: desde las prácticas éticas de la comunidad hasta la adoración apropiada, y la toma de decisiones que conducen a la justicia y la rectitud.

La ley de Moisés tuvo una vigencia continua en las generaciones posteriores. Con Moisés como el referente profético (ver Deuteronomio 34:10), los profetas posteriores retomaron las preocupaciones y compromisos que se encuentran en la ley y los aplicaron a las circunstancias de su tiempo. Al igual que Moisés, exhortaron al pueblo de Dios a cumplir el pacto de fidelidad con Dios y con el prójimo a través de prácticas éticas, la adoración fiel y la toma de decisiones justas y rectas.

            Para los cristianos de hoy, la pregunta surge naturalmente: "¿Cuál es entonces la relación entre la ley de Moisés y seguir a Jesús?" En su Sermón del Monte (Mateo 5-7), Jesús aborda esta pregunta al afirmar contundentemente que no vino a abolir la ley, sino a cumplirla. Jesús ciertamente no se está contradiciendo a sí mismo en esta sola declaración. No hay ningún indicio de que Jesús haya dejado de llamar a su comunidad del pacto a las prácticas esenciales que encarnan la fidelidad al pacto con Dios y con el prójimo. Mas bien, Jesús afirma que él "lleva a su plenitud" (cumple) aquello que la vida en el pacto siempre tuvo como propósito. En palabras y hechos, Jesús encarnó plenamente el carácter divino al que el Señor llamó a su pueblo del pacto. Por lo tanto, Jesús aborda temas como la ira, el adulterio, las represalias, amar a los enemigos, dar limosna, la oración y el ayuno para demostrar una justicia que excede la de los escribas y los fariseos. En lugar de abolir el llamado del Señor a vivir en fidelidad al pacto, Jesús demuestra cómo es una fidelidad auténtica y plena al pacto al llevar la ley más allá de una mera lista de verificación de acciones y a vivir en la transformación de la mente y el corazón que impulsa esas acciones.

            Cuando, en la pregunta sobre el gran mandamiento, le preguntaron cómo se vive plenamente una vida en el pacto, Jesús respondió con dos pasajes de la ley de Moisés: "'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente... y amarás a tu prójimo como a ti mismo'. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas" (Mateo 22:37, 39-40). Al abordar el amor al prójimo, Jesús define con más detalle a quién incluye el prójimo cuando afirma: "Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen" (Mateo 5:44).

A la iglesia de Galacia, el apóstol Pablo le afirma que "toda la ley se resume en un solo mandamiento: 'Ama a tu prójimo como a ti mismo'" (Gálatas 5:14), y a la comunidad cristiana dispersa, Santiago le declara: "Hacen muy bien si de verdad cumplen la ley suprema de la Escritura: 'Ama a tu prójimo como a ti mismo' (Santiago 2:8). Siglos después, John Wesley también predicaría sobre la ley que encarna la fidelidad al pacto: "El amor es el cumplimiento de la ley, el fin del mandamiento... Es todos los mandamientos en uno" (del sermón de Wesley de 1733 "La circuncisión del corazón").

Timothy Green es decano en Millard Reed School of Theology and Christian Ministry y es profesor de Teología y Literatura del Antiguo Testamento en Trevecca Nazarene University en Nashville, Tennessee.

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